Khiva
Uzbekistán

Khiva

Despertamos en mitad de la noche por los cantos al rezo. Son algo más de las 3 y pareciese que estuviesen cantando en nuestra misma calle. Yo lo escucho entre sueños y trato de levantarme pero estoy demasiado cansado y continúo durmiendo. Acabamos despertando a las 8:00 am y nos vamos a desayunar. Fruta, pepino, tomate, trigo sarraceno, revuelto de huevos, tortitas… La verdad es que no podíamos esperar nada más, es un buffet variado y con buena cantidad. Por otro lado, descubrimos que el café que encontraremos en el viaje no es gran cosa (soluble con leche en polvo).

Tras coger fuerzas empezamos a caminar sin rumbo claro buscando las sombras, hay más de 40º. Khiva es una especie de ciudad amurallada construida a base de adobe y ladrillo cocido. No hay aceras ni calles de asfalto, es arena y adoquines. Tratamos de entrar en varios lugares de interés y acabamos descubriendo que existe un ticket que da acceso a todos los museos de la ciudad por 12$. Sin embargo leemos muchas críticas en Trip Advisor indicando que no merece la pena: parece ser que pese a las increíbles obras arquitectónicas y piezas artísticas de todo tipo, el conocimiento museístico de Uzbekistán brilla por su ausencia: poca infraestructura, sin presentación de las obras o solamente en Ruso, etc… Además, dicho ticket no permite la subida a los dos minaretes de Khiva (uno de ellos el más alto del país con 57m de altura) ni al Mausoleo Makhmud Pakhlavan (que es gratuito).

Este mausoleo es una especie de destino de peregrinación para muchos Uzbekos. Según nuestro amigo Rasul, se trata de un lugar similar a Lourdes para los creyentes. Es interesante leer sobre la figura de Makhmud: un guerrero, filósofo y escritor del que se dice “nunca perdió una batalla”. Se dice incluso que los luchadores profesionales de Irán o Uzbekistán, rezan a Makhmud antes de iniciar un combate. Lo mejor del mausoleo es entrar en su sala central y encontrar a un imán rezando en pequeños periodos de 5 minutos. Tras descalzarnos, nos “colamos” sigilosamente en la sala y nos sentamos en una esquina contemplando a todos los visitantes cabizbajos mientras recitan el Corán.

Acto seguido nos dirigimos al minarete Islam Khoja, el más alto de la ciudad y probablemente uno de los más altos de Uzbekistán. No recuerdo el precio que pagamos a una señora que espera sentada en la entrada, pero lo que sí que costó fue subir los altos e irregulares escalones que permiten llegar su cima.

Islam Khoja. ¿El más alto de Uzbekistán?

Seguimos caminando por la ciudad y disfrutamos de un paseo relajado sin turistas ni aglomeraciones. Nos sentimos muy afortunados de poder estar descubriendo un lugar nuevo sin la sensación estar caminando en masa. Es más, acabamos entremezclados con el poco turismo doméstico Uzbeko.

Paseando por Khiva… a 40 grados.

Por la tarde acudimos a la Mezquita de los Viernes (Djouma Masjid). En teoría sólo se puede acceder a ella con el pase global de 12$ que no hemos comprado, pero basta con insistir un poco para que la chica de la puerta acepte 10.000 SOMs (1€ al cambio) y nos deje acceder. Son las 19h y está completamente vacía, es un lugar mágico. Es una sala diáfana soportada por varios cientos de columnas, y un patio central por el que entra algo de luz. Naara y yo comentamos las similitudes con la Mezquita de Córdoba mientras procedemos a subir al minarete.

Mezquita de los Viernes (Djouma Masjid)

Sin ser de los más altos, permite tener una vista muy buena de la ciudad amurallada, que sumado a la luz del atardecer, nos deja panorámicas geniales.

Vista desde el segundo minarete

Cuando bajamos aprovechamos para dar un paseo tranquilo por el perímetro de la muralla. Conseguimos subir y vamos paseando por el alto, lo que permite hacerse una idea mejor de la ciudad y entender su estructura. Es muy recomendable hacer este paseo con la caída del sol.

Ya en la noche cenamos de nuevo en Terrassa. El sitio está lleno de gente así que merece la pena acercarse con tiempo. Pedimos cerveza fría (el tamaño mínimo es medio litro por persona) shashlik y ensalada de pepino. La cuenta no alcanza los 12€.

Todavía no nos habíamos cansado del shaslik

Al terminar vamos andando hacia el hotel pero escuchamos una música de fondo a la que no podemos resistirnos… Unos uzbekos están celebrando un cumpleaños en un bar al aire libre con las típicas camas de asia central (estructuras de madera elevadas del suelo y cubiertas por alfombras en las que hay que sentarse descalzado). Tienen además unas “bailarinas” a las que les dan billetes mientras bailan al son de una acordeón y los cantos de una mujer. Pasados 10 minutos acabamos charlando en inglés con uno de los invitados al cumpleaños, quien nos introduce en la fiesta invitándonos a chupitos de vodka y bailes con las chicas. Finalmente todo se desmadra un poco y Naara acaba bailando con las chicas y yo tomando chupitos con los hombretones uzbekos que llevan una borrachera considerable. El ambiente es bueno y en ningún momento veo que la situación sea peligrosa, sin embargo pasado el rato me levanto y nos vamos a nuestra mesa para pagar el té que pedimos e irnos. Nuestro amigo uzbeko lo entiende y se despide de nosotros brindando en varias ocasiones.

De fiesta. Y llegó un momento en el que se nos iba de las manos…

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