Islandia
Grandes Viajes, Islandia

Islandia

  1. Trekking en Landmannalaugar – La Organización
  2. Trekking – Vuelta a Langisjor I
  3. Trekking – Vuelta a Langisjor II
  4. Trekking – De Holaskjol a Landmannalaugar
  5. Trekking – Destino Porsmork
  6. Reikjavik 1ª Parte
  7. Reikjavik 2ª Parte
  8. Reikjavik 3ª Parte

Llevaba mucho tiempo oyendo hablar de Islandia. Acababa de leer «Invierno Ártico» de Arnaldur Indridason y no hacía más que pensar en viajar a esa isla casi deshabitada, con ese clima crudo que casi hiela la sangre. Hacía no mucho que había estado viviendo unos meses en Estocolmo y no paraba de darle vueltas al estilo de vida nórdico y su increíble capacidad para mantener una vida apacible en entornos verdaderamente hostiles. Por todo ello esperaba mucho de la isla escandinava. Sin embargo no quería hacer el viaje típico; en el 2016, Islandia empezaba a sonar como destino turístico de naturaleza y la ruta típica suponía dar la vuelta a la isla, parando en los mismos sitios que el resto de turistas, durmiendo en los mismos campings, haciendo las mismas fotos, viendo las mismas cascadas… a mi me apetecía algo más…

Lo primero era pensar en un buen compañero de viaje. Naara tenía el verano ocupado con dos conciertos importantes y tampoco estaba interesada en un trekking del nivel que yo buscaba. Entonces de entre todos los amigos aventureros posibles, me puse a buscar una persona que por su trabajo (geólogo) y su espíritu aventurero, no podría rechazar el plan. Un amigo de toda la vida, que me conocía lo suficiente como para aguantarme en situaciones complicadas y que por otro lado me ofrecía seguridad en caso de que encontrásemos dificultades en el camino. Y efectivamente en cuanto lo hablamos, aceptó.

Tras varias semanas investigando, descubrimos un par de referencias con amplio detalle sobre posibles rutas en la zona de Landmanalaugar, en el interior sur-oeste de la isla. Una de ellas el blog de Mana Ljos, un cuaderno de bitácora con decenas de trekkings por el interior de Islandia incluyendo un detalle escrupuloso sobre las posibles rutas, puntos de peligro, consejos de seguridad… Tomar la decisión de emprender una expedición al interior suponía adentrarse en la más absoluta soledad, en una especie de tierra baldía sin nadie ni nada al que acudir en caso de ayuda, por lo que requería una preparación exhaustiva.

Como sociedad, Islandia es además un lugar bastante especial. Viajamos a ella en un momento muy particular y pese a tener un recuerdo edulcorado del país (estuvimos unicamente 15 días) pudimos vivir con intensidad una parte de la realidad islandesa. El viaje consistiría por un lado en disfrutar de la belleza de parajes como los de Borsmork o Landmannalaugar, mediante un trekking con el que cubriríamos gran parte de las High-Lands, para luego pasar a estar unos días en Reykjavik viviendo en un hostel barato. En esos días (ya sin la compañía de Diego, quien tuvo que adelantar la vuelta por cuestiones laborales) traté de hacer la vida más «islandesa» posible. Acudí a sus piscinas públicas de aguas termales (Hofsvallagata era mi preferida), disfruté de la incipiente cultura del café saboreando caffe-lattes en sitios como C is for Cookie, y aproveché la tremenda oferta cultural acudiendo a un concierto en el Harpa Concert Hall, al museo de arte contemporáneo o a tomar unas cervezas en meet-ups organizados en Prikid.

Reykjavik es pequeña y los islandeses parecen no abrirse mucho a extranjeros. La vida lujosa de Escalades y Land Rovers que se ve por la zona de Njardargata es quizás un oasis al que muy pocos acceden. La crisis pegó muy duro y es bastante común encontrar familias de clase media que se arruinaron firmando hipotecas referenciadas al cambio ISK-$. Esto supuso que con la evolución de la economía, viesen doblado el precio a pagar por su sueño inmobiliario. En ocasiones vemos el estado de bienestar nórdico como una red de seguridad absoluta y la realidad es que en los años duros de la crisis, el ascensor social bajó de pisos a un buen numero de familias Islandesas.

Los días iban pasando y resultaba inevitable plantearme la eterna pregunta del viajero: ¿podría vivir aquí? Sin duda es un lugar duro en el que hay que ser muy nórdico para apreciarlo: ya a finales de agosto llovía con 8º permanentes y el tiempo era desapacible. O muy nórdico o tener un desapego muy grande y ninguna raíz a nada, ya que el aislamiento que se siente allí es bastante grande. En definitiva una especie de cultura nórdica como la Sueca o Danesa, pero sin el poder adquisitivo, mucho más local y rural, y con el agravante de estar bastante aislada. Es, en cualquier caso, una maravilla, y no dudaría en ir sabiendo que hay billete de vuelta en 1, 2 o 3 años (máximo).

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